Se llama Jakub, aunque en redes sociales es más conocido como @toulavi_vlci, que en checo significa «lobos errantes». Su travesía comenzó hace más de medio año en Praga, y lleva más de 3.000 kilómetros recorridos a pie junto a cuatro compañeros de viaje muy poco comunes: un caballo, un poni y dos perros. Su destino inicial era la Catedral de Santiago de Compostela, pero en las últimas horas ha tomado una decisión inesperada: no entrará en Santiago. Seguirá caminando hasta Fisterra.
La escena ha llamado la atención allá por donde pasa, pero en Galicia ha adquirido un valor simbólico. Según cuenta en una publicación reciente, Jakub se enteró tarde de que la entrada con caballos al entorno de la Catedral de Santiago está regulada, y que es necesario solicitar permiso previo a la policía. Incluso con autorización, las normas contemplan una escolta obligatoria que lo acompañaría hasta salir de la ciudad.
Para muchos, sería un obstáculo menor. Para Jakub, ese trámite lo alejaba del espíritu de su viaje. “Para mí está mucho más allá de mi zona de confort”, escribió en su cuenta, “Santiago será solo una periferia. El punto principal se convierte en Fisterra, el final de este sendero oceánico”.

Una peregrinación sin filtros
Desde el principio, Jakub ha elegido una forma de peregrinación tan libre como exigente: sin vehículos, sin apoyos externos, sin apenas planificación. Evita las grandes ciudades y prioriza los caminos rurales, a menudo más duros, pero también más tranquilos para sus animales: Manýsek, Bowie, Polly y Goli.
Su paso por Bilbao, hace unos días, fue la excepción. Entró por error en la ciudad y terminó siendo escoltado por la policía, que le pidió ir montado —como si fuese un vehículo— para poder circular. Aunque el susto inicial fue grande, la escena terminó con cortes de tráfico y saludos curiosos desde las aceras. “Fue divertido ir por la ciudad con la policía escoltándome”, dijo entre risas al diario Deia.
«No hay que juzgar por la apariencia»
Jakub no se esconde. Sabe que su aspecto, su forma de vida y sus animales despiertan miradas y a veces rechazo. En más de una ocasión, la gente ha llamado a la policía al verlo pasar. “Quizá parezco un vagabundo, y por eso desconfían de mí”, reflexiona. Por eso insiste: “No hay que juzgar a una persona por su apariencia”.
Lo que algunos ven como una extravagancia es, para él, un acto profundo de conexión y coherencia. Elige rutas lentas, no siempre marcadas, y vive en armonía con sus animales, a los que cuida con esmero. No busca visibilidad, aunque inevitablemente la genera.
Santiago ya no será su destino final. Pero tal vez nunca lo fue. Fisterra se ha convertido en su nuevo norte. Allí no se necesita permiso para llegar. Solo seguir caminando. Y es que hay peregrinaciones que no caben en una credencial. Jakub y sus cuatro compañeros avanzan hacia el océano como llegaron: con paso lento, sin ruidos y con la libertad como bandera.

