En Galicia ya casi no nacen niños. Así lo evidencian los últimos datos publicados por el Instituto Galego de Estatística (IGE), que dibujan un panorama demográfico cada vez más desequilibrado: durante el año 2024, en el conjunto de la comunidad autónoma se registraron 13.350 nacimientos frente a 32.749 defunciones. La diferencia, un saldo vegetativo negativo de 19.399 personas, marca uno de los peores registros naturales de población en la historia reciente de Galicia.
En medio de ese escenario de retroceso sostenido, un solo municipio logró escapar a la norma general. Fue el concello coruñés de Ames, situado en el entorno de Santiago de Compostela, que cerró el año con más nacimientos que muertes: 211 niños vinieron al mundo mientras 172 personas fallecieron. El resultado, un saldo vegetativo positivo de 39, convierte a Ames en la única localidad gallega donde la vida consiguió imponerse a la muerte en 2024.
El contraste con el resto del territorio es llamativo. De los 313 concellos de Galicia, los 312 restantes terminaron el año con más defunciones que nacimientos. Ni siquiera las principales ciudades de la comunidad escaparon a esta tendencia. En Vigo, la urbe más poblada, las muertes superaron ampliamente a los nacimientos: más de 3.000 personas fallecieron frente a menos de 1.500 nacimientos, lo que dejó un saldo negativo de más de 1.500 habitantes. A Coruña experimentó una caída similar, con cerca de 1.300 personas menos por saldo natural. Santiago de Compostela, con un perfil demográfico más joven, tampoco logró evitar los números rojos: murieron 1.012 personas y solo nacieron 587. Ourense, Ferrol, Lugo y Pontevedra también cerraron el año con saldos vegetativos negativos que, sumados entre las siete grandes ciudades, superan los 5.400 habitantes menos por causas naturales.
Una excepción en un modelo distinto
El caso de Ames, en cambio, apunta en otra dirección. Lejos de tratarse de un fenómeno aislado o circunstancial, el concello lleva años consolidando un perfil demográfico distinto. Su cercanía a Santiago lo convierte en una alternativa residencial para familias jóvenes que buscan vivienda asequible sin alejarse del centro universitario y administrativo. Esa atracción ha rejuvenecido su pirámide poblacional: la edad media en Ames ronda los 43 años, lo que implica una mayor proporción de personas en edad fértil y, al mismo tiempo, una menor presión del envejecimiento sobre la mortalidad.
Los datos del IGE también revelan que más de la mitad de las defunciones en Galicia durante el pasado año correspondieron a personas de 85 años o más. El envejecimiento extremo de buena parte del territorio, especialmente en zonas del interior como Lugo o Ourense, agrava la brecha entre nacimientos y muertes. En algunos municipios rurales, la diferencia es abrumadora: en A Fonsagrada, por ejemplo, se produjeron solo 13 nacimientos frente a 95 fallecimientos; en Samos, tres nacimientos y 35 defunciones; en Vilardevós, ocho nacimientos por 49 muertes. En proporción, son cifras que reflejan una pérdida generacional acelerada.
Tampoco los municipios costeros ni los del entorno metropolitano logran escapar de esta dinámica. Oleiros, uno de los concellos más activos del área coruñesa, terminó el año con 167 nacimientos frente a 193 defunciones, lo que supone un saldo negativo de 26 personas. Algo similar ocurrió en Teo, vecino de Ames, donde nacieron 112 niños y murieron 142 personas, con un saldo vegetativo de –30. Aunque en estos casos la diferencia es menos pronunciada, el signo sigue siendo negativo.
A todo ello se suma un cambio de patrón en la edad a la maternidad. Galicia no solo tiene menos nacimientos, sino que estos se concentran en edades cada vez más avanzadas. Hace diez años, poco más del 9 % de los partos correspondían a mujeres de 40 años o más; en 2024, ese porcentaje ya supera el 14 %. El retraso en la maternidad se ha convertido en norma, y aunque responde a factores sociales, económicos y laborales, tiene un efecto directo sobre las tasas de natalidad.
El saldo vegetativo no es el único indicador demográfico, pero sí es uno de los más significativos. Refleja el equilibrio —o el desequilibrio— entre la vida y la muerte, y cuando es negativo de forma sostenida, como ocurre en Galicia desde hace más de una década, apunta a una erosión silenciosa de la base poblacional. Aunque el padrón ha crecido ligeramente en algunos años por efecto de la inmigración, esa ganancia no compensa el envejecimiento estructural ni garantiza el relevo generacional. Galicia sigue perdiendo población por causas naturales, y lo hace a un ritmo que obliga a replantear políticas de vivienda, conciliación, servicios públicos y atracción de jóvenes.


