Hasta hace poco, Verónica Martínez Barbero era uno de esos nombres que apenas salían del perímetro del BOE, de los despachos del Ministerio de Trabajo y de las mesas donde se negocian reformas laborales a puerta cerrada. Su perfil era el de una alta funcionaria con peso interno, no el de una dirigente hecha para el foco. Pero el paso atrás anunciado por Yolanda Díaz, que ha confirmado que no será candidata en las próximas elecciones generales de 2027, ha cambiado por completo su posición en el tablero y ha colocado a la portavoz parlamentaria de Sumar en el centro de todas las quinielas sobre el relevo.
Hay, además, un detalle que convierte su trayectoria en un caso especialmente llamativo dentro de la política española reciente. Antes de convertirse en una de las mujeres de máxima confianza de Díaz, Martínez Barbero fue nombrada en junio de 2017 presidenta del Consello Galego de Relacións Laborais por un decreto de la Xunta presidida por Alberto Núñez Feijóo. No se trató de un fichaje político en sentido estricto, sino de un nombramiento para un organismo técnico e institucional, pero el dato retrata bien el tipo de perfil del que hablamos: una profesional que creció por solvencia y capacidad negociadora antes que por aparato o militancia de escaparate.
De Gijón a Galicia, y de Galicia al corazón de Trabajo
Nacida en Gijón en 1980, Verónica Martínez Barbero ha desarrollado una parte decisiva de su carrera en Galicia, hasta el punto de que en términos políticos su figura aparece ya asociada de forma natural al espacio gallego que ha orbitado alrededor de Yolanda Díaz. La ficha oficial del Congreso recoge esa trayectoria: inspectora de Trabajo y Seguridad Social, presidenta del Consello Galego de Relacións Laborais entre 2017 y 2020 y directora general de Trabajo entre 2020 y 2023, antes de dar el salto al Congreso de los Diputados.
Ese recorrido explica por qué su nombre encaja tan bien en el molde político de Sumar. No viene de la tertulia ni del eslogan. Viene del conflicto laboral, de la letra pequeña, de la negociación con sindicatos y patronales, y de una cultura política en la que pesan más los acuerdos que la sobreactuación. Es, en cierto modo, el reverso técnico de una izquierda que durante años ha vivido demasiado pendiente de los liderazgos carismáticos y de las batallas públicas entre familias.
El nombramiento de Feijóo que ahora se ha convertido en un detalle político explosivo
El dato del nombramiento por Feijóo tiene fuerza porque rompe los esquemas habituales. En junio de 2017, el Diario Oficial de Galicia publicó su designación al frente del Consello Galego de Relacións Laborais, un órgano institucional vinculado al diálogo social en la comunidad. En la práctica, ese paso la situó en un puesto de gran relevancia para la interlocución entre sindicatos, patronal y Administración autonómica. Que ese nombramiento se produjera bajo un Gobierno del PP es hoy uno de los elementos más comentados de su biografía política.
Sus defensores utilizan ese episodio para reforzar una idea muy concreta: que Martínez Barbero es una figura que desborda las trincheras orgánicas clásicas, alguien a quien se le reconoció capacidad técnica incluso en un contexto institucional gobernado por el principal adversario político del espacio que hoy representa. Ese matiz le da una pátina de funcionaria solvente y negociadora eficaz que, en un momento de fatiga interna en la izquierda, puede ser un activo de primer orden.
La arquitecta silenciosa de los ERTE
Su desembarco en la política estatal llegó de la mano de Yolanda Díaz, que la nombró directora general de Trabajo en enero de 2020, apenas unas semanas antes de que la pandemia cambiara el país de arriba abajo. Aquella decisión terminó siendo mucho más que un relevo administrativo. Colocó a Barbero en uno de los centros neurálgicos del Gobierno en el peor momento posible: el desplome de la actividad económica, el cierre de empresas y la amenaza de una destrucción masiva de empleo.
Fue ahí donde se convirtió en una figura decisiva. Mientras Yolanda Díaz capitalizaba políticamente el éxito del Ministerio de Trabajo, Verónica Martínez Barbero fue una de las piezas fundamentales en la arquitectura jurídica y administrativa de los ERTE, la fórmula que permitió amortiguar el golpe de la pandemia y preservar millones de empleos. Su nombre quedó asociado desde entonces a ese trabajo silencioso que no siempre da titulares, pero que otorga poder real dentro de un ministerio. Esa etapa consolidó, además, una relación de absoluta confianza con Díaz.
Del segundo plano a la primera línea del Congreso
El salto definitivo de perfil llegó en el Congreso. La actual legislatura la ha convertido en diputada y, sobre todo, en uno de los rostros más visibles del grupo parlamentario de Sumar. Su posición como portavoz del Grupo Parlamentario Plurinacional Sumar le ha dado una centralidad política y una proyección pública que hasta entonces no tenía.
Ese movimiento no fue menor. Sumar necesitaba en ese momento una voz capaz de proyectar sobriedad, orden y control en medio de un espacio atravesado por tensiones internas, fatiga organizativa y dudas estratégicas. Martínez Barbero encajaba porque no arrastraba grandes guerras de aparato y porque aportaba algo cada vez más escaso en la política española: la sensación de que domina el terreno que pisa. Su estilo, mucho menos estridente que el de otros dirigentes de la izquierda, le ha permitido construir una imagen de portavoz firme sin necesidad de sobreactuar.
Por qué su nombre suena ahora para relevar a Yolanda Díaz
El paso atrás de Yolanda Díaz ha abierto inevitablemente la batalla del después. La vicepresidenta ha dejado claro que no será candidata en las generales de 2027, y eso ha activado el debate sobre quién puede pilotar la siguiente fase del proyecto. Desde entonces, el liderazgo del espacio se ha convertido en una discusión abierta entre los partidos que integran la alianza.
En ese contexto, el nombre de Verónica Martínez Barbero aparece con fuerza por varias razones. La primera es la continuidad política: representa como pocos la cultura de gestión, diálogo social y negociación institucional que Yolanda Díaz quiso imprimir a Trabajo y luego a Sumar. La segunda es la aceptación interna: no genera, al menos por ahora, los rechazos automáticos que despiertan otros perfiles más marcados o más orgánicos. La tercera es la credibilidad de gestión: puede exhibir currículum administrativo, conocimiento legislativo y experiencia parlamentaria, tres activos nada menores para un espacio que intenta recomponerse.
