Así ha cambiado Galicia desde los primeros censos del siglo XVIII

El censo de Floridablanca dibujaba una Galicia donde la mitad de la población tenía menos de 25 años y Ferrol era la ciudad más grande del país
El conde de Floridablanca, responsable del censo de 1787 que permitió ver por primera vez la verdadera magnitud demográfica de Galicia.
El conde de Floridablanca, responsable del censo de 1787 que permitió ver por primera vez la verdadera magnitud demográfica de Galicia.

Galicia tiene hoy 2.728.315 habitantes. Es más del doble que a finales del siglo XVIII, pero su peso en España se ha reducido a menos de la mitad. En 1787, cuando el conde de Floridablanca levantó el primer gran censo moderno de la monarquía, España tenía 10.409.879 habitantes y Galicia aportaba 1.345.803. Entonces, más del 13 % de los españoles eran gallegos. En 2026, con casi 50 millones de habitantes en el país, Galicia ronda el 5,5 %. Uno de cada ocho españoles era gallego; hoy, poco más de uno de cada veinte. Si Galicia hubiese mantenido el peso que tenía entonces, rondaría los seis millones de habitantes.

Aquel censo nació con una intención política muy clara. Floridablanca quería demostrar que España no era ese país semivacío que describían algunos viajeros ilustrados. “Que vean los extranjeros que no está el reino tan desierto como creen ellos y sus escritores”, escribió al rey. Lo que probablemente no podía imaginar es que aquel documento acabaría funcionando también como una cápsula del tiempo: la fotografía de una Galicia que ya no existe.

No era fácil superar los 30 años

La primera sorpresa está en la estructura de edades. La Galicia de 1787 era un país extraordinariamente joven. 683.188 personas tenían menos de 25 años, aproximadamente la mitad de la población. Otras 446.525 se movían entre los 25 y los 40 años. Y por encima de los 50 años había 216.090 personas. La parte alta de la pirámide era estrecha porque la vida era mucho más corta: la esperanza de vida rondaba poco más de tres décadas y la mortalidad infantil era altísima. La Galicia del XVIII era joven no porque envejecer no existiese, sino porque llegar a viejo era difícil. Hoy ocurre lo contrario: Galicia tiene menos jóvenes que entonces pese a tener el doble de población, y más de la mitad del país supera los 50 años. La pirámide se ha dado la vuelta por completo.

Siete provincias

Para entender aquella Galicia llena hay que cambiar también de mapa. En 1787 no existían las cuatro provincias actuales. Galicia estaba dividida en siete provincias históricas: A Coruña, Betanzos, Santiago, Lugo, Mondoñedo, Ourense y Tui. Y antes de eso habían sido cinco, porque en el siglo XVI se añadieron A Coruña y Tui a las ya existentes Betanzos, Lugo, Mondoñedo, Ourense y Santiago. La secuencia territorial gallega fue, por tanto, bastante clara: cinco provincias, luego siete y, desde 1833, cuatro.

Ese mapa antiguo explica uno de los datos más llamativos de todos. Si se aplican los límites provinciales actuales a las cifras de 1787, el territorio de la actual provincia de A Coruña reuniría 426.539 habitantes, lo que la convertiría en la provincia más poblada de España en aquel momento, por delante de Madrid, Barcelona o Valencia. Pero esa masa humana no pertenecía entonces a una sola provincia. Salía de sumar, sobre todo, A Coruña, Santiago y Betanzos. La antigua provincia coruñesa, tomada por sí sola, era mucho más pequeña: apenas la ciudad y su entorno inmediato, con prolongaciones hacia lugares que hoy no asociamos de forma automática a la comarca herculina.

Mapa de las siete provincias históricas de Galicia según la Colección Cartográfica Martínez Barbeito, la misma división territorial con la que Floridablanca elaboró el censo de 1787.

Ferrol, la gran urbe gallega

Dentro de ese norte atlántico, Ferrol era la gran anomalía y la gran potencia. Con 24.993 habitantes, era la ciudad más poblada de Galicia. Y no pertenecía a A Coruña, sino a Betanzos. Su crecimiento fue un proyecto político. Los Borbones instalaron allí el Arsenal y los astilleros de Esteiro, atrajeron técnicos y oficios especializados y convirtieron una villa modesta en una ciudad moderna para su tiempo. En una Galicia de aldeas, campos y parroquias, Ferrol era la ciudad del Estado: naval, militar, industrial y expansiva.

Por detrás de Ferrol aparecían Santiago de Compostela, con unos 15.600 habitantes, y A Coruña, con alrededor de 13.500. Las dos pesaban, pero de manera distinta. Santiago seguía siendo la gran capital espiritual, universitaria y simbólica del país. A Coruña, en cambio, crecía al calor del comercio marítimo y de los Correos Marítimos, establecidos allí en 1764, que reforzaron sus conexiones atlánticas. La Galicia urbana de finales del XVIII no se parece a la actual: la gran ciudad demográfica era Ferrol, Santiago concentraba el prestigio y A Coruña estaba empezando a acelerar.

Astilleros de Ferrol a finales del siglo XVIII, el gran proyecto naval de la monarquía borbónica que convirtió a la ciudad en la más poblada de Galicia, con 24.993 habitantes según el censo de Floridablanca.

La actual provincia de Pontevedra tampoco existía. Su territorio estaba repartido principalmente entre Tui y Santiago. La antigua provincia de Tui dominaba buena parte del sur de la actual Pontevedra, con un fuerte peso eclesiástico y defensivo por su condición fronteriza con Portugal. El norte, con zonas como Pontevedra ciudad o Caldas, dependía de Santiago. Solo en 1833 se reunirían esas piezas en la nueva provincia de Pontevedra. Visto sobre el mapa actual, ese territorio aparece como una de las áreas más densamente pobladas de toda España. El censo le atribuye 332.155 habitantes y una densidad de 73,9 habitantes por kilómetro cuadrado, la más alta del país o una de las más altas según la comparación que se use. Lo decisivo es que esa densidad no salía de una gran ciudad. Pontevedra apenas tenía 4.014 habitantes y Vigo se quedaba en 2.933. Era una densidad campesina: miles de casas, fincas, aldeas y parroquias pegadas unas a otras, una forma de estar lleno sin concentrarse.

También Lugo, con 307.329 habitantes, y Ourense, con 289.376, figuraban entre las provincias más pobladas del país. Galicia no tenía una sola provincia fuerte. Tenía varias. Y eso ayuda a entender hasta qué punto el viejo Reino era una realidad demográfica de primer orden. Vista desde hoy, la comparación con Lugo y Ourense es especialmente dura, porque ambas tienen en la actualidad cifras solo algo superiores a las de 1787. Mientras España multiplicó su población, partes enteras del interior gallego apenas crecieron en términos absolutos.

Labradores y clérigos

Nada de esto apareció de repente. Galicia llevaba siglos creciendo. Los recuentos del siglo XVI, todavía hechos por vecinos o pecheros, permiten estimar algo más de 300.000 habitantes en 1533 y alrededor de 628.590 en 1591. En el siglo XVII la cifra siguió subiendo hasta superar ligeramente el millón en 1709. Cuando llegó Floridablanca, Galicia llevaba mucho tiempo llenándose. El maíz y la patata mejoraron la alimentación y ayudaron a reducir las crisis de subsistencia. La agricultura, junto con la pesca y la actividad agropecuaria, permitió sostener a una población muy numerosa. A eso se sumaba un sistema de herencias que dividía las fincas, sí, pero mantenía a la gente ligada al territorio. No generaba grandes fortunas rurales, pero sí una extraordinaria capacidad para fijar población sobre el suelo. Galicia estaba llena porque la tierra daba para mucha gente.

El censo permite ver también cómo vivía aquella gente. La ocupación dominante era la de labrador, con 189.100 personas. Pero el país era bastante más complejo de lo que sugiere esa sola palabra. En los materiales de la época, y especialmente en el Catastro de Ensenada, aparecen 180.355 “labradores y mozos”, 5.568 marineros, 7.644 trabajadores de la piedra y la construcción, 3.959 zapateros, 2.288 sastres, 2.731 tejedores, 987 milicianos y 9.321 eclesiásticos, además de comerciantes, criados e hidalgos. El campo articulaba casi todo, pero no lo explicaba todo. Galicia era una sociedad agraria, sí, aunque llena de oficios, jerarquías y especializaciones.

Detalle del censo de Floridablanca, donde se contabilizaban “almas” y se distinguían oficios, estados civiles y estamentos sociales para dibujar la estructura completa de la Galicia de 1787.

Luego llegó el gran cambio. Galicia quedó al margen de la industrialización que transformó otras regiones, sufrió una emigración masiva hacia América y, más tarde, hacia Europa y otras zonas de España, y acabó entrando en una dinámica de baja natalidad y envejecimiento. El resultado no es una desaparición en términos absolutos, sino una pérdida de centralidad. Galicia pasó de ser una de las grandes reservas humanas del país a representar poco más de la mitad del peso que tuvo en 1787.

Los censos de Floridablanca —y el contraste con las cifras actuales— devuelven la imagen de una Galicia joven, llena de vida en cada aldea y con un peso extraordinario dentro de España. Una Galicia en la que el equivalente actual de A Coruña sería la provincia más poblada del país, en la que Ferrol era la gran ciudad y en la que el territorio de la actual Pontevedra estaba entre los más densos de España. Hubo un tiempo en que este país estaba tan lleno que parecía inagotable. Y ese contraste, dos siglos largos después, sigue siendo una de las mejores formas de entender cuánto ha cambiado Galicia.

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