Las quedadas de Galicia terminaron sin therians a la vista, pero con una multitud retratándose sola. Hay una imagen que resume todo esto con bastante precisión: plazas llenas de gente esperando “a ver” a los therians, móviles en alto, corrillos, risas, comentarios, padres, madres, adolescentes, y al final ningún therian visible. Fueron a buscar un supuesto circo y, sin darse mucha cuenta, el circo lo montaron ellos. En Lugo se repitió esa escena de expectación con decenas de curiosos en varios puntos, mientras la comunidad explicaba después que no se presentó por las amenazas recibidas.
Aquí conviene parar en una palabra que se ha usado mucho estos días: “curiosidad”. Porque una cosa es la curiosidad real, la que pregunta y escucha, y otra la curiosidad de grada, la que va a mirar a “los raros” como quien espera una actuación. En Lugo, antes incluso de la quedada, ya circulaban mensajes violentos en redes del tipo “os vamos a arrancar las pieles” o “voy a salir de caza” esperando llevarse una “cabeza de therian de trofeo”. Cuando ese es el clima previo, ya no hablamos de simple curiosidad. Hablamos de hostigamiento anunciado.
Por eso la lectura de “no apareció nadie” se queda corta y casi invierte la historia. Sí había gente vinculada a esas quedadas. Lo que no había era seguridad para mostrarse. Esa diferencia lo cambia todo, porque la pregunta deja de ser por qué no salieron y pasa a ser qué clase de ambiente se creó para que no quisieran hacerlo.
En Santiago se vio con una claridad tremenda. La plaza estaba llena, había personas jóvenes y también adultas, y no pocos comentarios tenían tono de burla, rechazo o ridiculización. La propia escena se parecía más a un espectáculo que a un encuentro. Hubo incluso un joven con máscara que se colocó en el centro y atrajo todas las miradas, pero después explicó que no era therian y que estaba representando a amistades suyas. Lo más importante fue lo que contó a continuación: que esas personas sí estaban allí, mezcladas entre el público, y que decidieron no hacerse visibles por miedo al ambiente y a lo que estaban oyendo. Esa frase, más que cualquier titular, explica lo que pasó.
En Lugo, además, hubo escenas que dicen mucho de cómo funciona este tipo de fenómeno cuando sale de internet y aterriza en una plaza. Había gente esperando con niños, grupos comentando que querían “ver cómo son”, personas decepcionadas por no poder verlos, y otras diciendo que se reirían si aparecían “ladrando y saltando a cuatro patas”, aunque sin “meterse” con ellos. Esa mezcla de morbo, superioridad y falsa tolerancia es bastante reconocible. No hace falta insultar a nadie para convertirlo en una atracción. A veces basta con mirarlo como si lo fuera.
Y luego está A Coruña, que en realidad no rompe el patrón, solo lo deja más a la vista. Allí se juntaron más de 300 adolescentes, no apareció nadie identificado de forma visible como therian, y la propia concentración fue derivando en otra cosa: gente improvisando show, personas fingiendo ser therians delante del móvil de una influencer, público aplaudiendo una escena que no tenía nada que ver con la convocatoria original y una sensación general de experimento social más que de encuentro real. Es decir, otra vez la multitud ocupando el centro mientras el supuesto objeto de su “curiosidad” desaparecía del plano.
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El remate de A Coruña fue todavía más revelador. Cuando la gente ya se dispersaba, surgió el cántico de “Pedro Sánchez, hijo de puta”, coreado por parte del grupo. Ese momento no es un detalle gracioso ni una gamberrada suelta. Es una pista bastante nítida del clima político y emocional que se había instalado allí. Una reunión que teóricamente iba sobre una subcultura juvenil termina con un coro de insulto político de repertorio muy reconocible. Eso no prueba por sí solo una organización detrás, pero sí refuerza una hipótesis razonable: no era solo curiosidad, había también una energía de burla, señalamiento y agresividad muy compatible con códigos de la ultraderecha más ruidosa.
🇪🇸 | España | Gritos de Pedro Sánchez hijo de ****, durante la quedada de therians en Coruña. pic.twitter.com/oKE9rDZRUt
— jossmc (@jossmc989833787) February 23, 2026
Y ahí es donde la conexión con la transfobia deja de sonar exagerada y empieza a encajar. Lo que se ha visto estos días en redes no es solo mofa hacia los therians. Se ha difundido de forma muy clara una comparación falsa entre personas trans y personas therians para ridiculizar ambas cosas a la vez y, sobre todo, para volver a cuestionar la identidad de género con la excusa del meme del momento. Esa operación está documentada con ejemplos concretos de publicaciones virales en X, TikTok y Facebook, y con la explicación de cómo ese cruce se utiliza para generar discurso de odio.
La clave de fondo es que esa comparación no es inocente. Quienes han estudiado y combatido el discurso de odio antitrans explican que muchas coberturas y conversaciones no se centraron en explicar qué es el fenómeno therian, sino en usarlo como vehículo para ridiculizar identidades sexodisidentes. También se subraya algo básico que aquí se borra a propósito: no hay un punto de comparación real entre las identidades trans, que tienen una dimensión social, jurídica y de derechos, y las prácticas o expresiones vinculadas al mundo therian, que se mueven en otro plano simbólico y comunitario. Mezclarlo todo sirve para una sola cosa: simplificar y degradar el debate hasta convertirlo en caricatura.
Por eso este episodio no va solo de una tendencia rara de TikTok ni de jóvenes con máscaras. Va de cómo se construye una diana pública. Primero aparece algo que a mucha gente le resulta extraño. Luego llegan los vídeos, el morbo y las bromas. Después se organiza la grada, física o digital. Y cuando la grada ya está caliente, cualquier consigna sirve, desde el insulto fácil hasta el cántico político. El objeto inicial casi da igual. Lo importante es la dinámica de señalamiento.
Lo más incómodo, y quizá lo más revelador, es que no eran solo chavales. Había adultos mirando, comentando, grabando, sosteniendo con su presencia la idea de que aquello era un espectáculo al que se podía ir a echar un rato. Aunque no griten, aunque no insulten, aunque se escuden en el “yo solo tenía curiosidad”, también participan de esa normalización. Y cuando los adultos normalizan que ciertas personas sean una atracción de feria, lo que enseñan es una forma de violencia social muy vieja con una estética nueva.
Se puede no entender lo therian. Se puede verlo raro. Se puede incluso decir que desconcierta. Todo eso entra dentro de una conversación normal. Lo que no debería entrar es convertir esa extrañeza en permiso para humillar. Porque en el momento en que la diferencia se vuelve entretenimiento, ya no estamos hablando de convivencia, estamos hablando de jerarquía: unos miran y otros aprenden que mejor no salir.
Fueron a ver “frikis” y acabaron siendo los frikis protagonistas del espectáculo. No porque sean distintos, sino por el papel que asumieron: el de una masa excitada por el morbo, buscando una performance que no apareció y terminando por fabricarla ella misma. La foto final no dice tanto de los therians como de nosotros. Y lo que dice no es precisamente cómodo.
