Dice Luis Piedrahita, director artístico del EMHU (Encuentro Mundial de Humorismo), que el humor no arregla el mundo, pero lo hace habitable. En vísperas de la sexta edición del festival —que llenará A Coruña de risas del 23 de abril al 3 de mayo—, el ilusionista y cómico reflexiona sobre esa «mirada gallega» que prefiere insinuar a imponer.
Entre la nostalgia de los grandes maestros y la velocidad de los nuevos clips de TikTok, Piedrahita reivindica el humor como un artículo de primera necesidad y una seña de identidad imborrable. Hablamos con el arquitecto de un evento que busca, más allá del chiste, esa conexión emocional que solo sucede cuando una ciudad entera decide guiñar un ojo a la realidad.
— Luis, ¿qué tiene el humor gallego que lo hace exportable sin perder la denominación de origen?
— El humor gallego tiene retranca, que es una forma muy elegante de decir las cosas sin decirlas del todo. Es un humor que no grita, susurra. Y eso viaja muy bien, porque el espectador tiene que completar el chiste en su cerebro y en su corazón. Lo dijo mejor que nadie Wenceslao Fernández Flórez, refiriéndose al humorismo, “Esa forma de entender el mundo, que mira la vida con un ojo serio y el otro guiñado.”
— Una vez leí que la ironía es un dardo y la retranca un abrazo, ¿crees que esta herramienta de defensa tan nuestra y bonachona nos define de alguna manera como pueblo?
— La retranca es tiene algo de protesta sin armas. Es una manera de sobrevivir sin hacer ruido. Es un mecanismo de defensa muy eficaz: no hiere, pero deja huella. Dice cosas profundas con una sonrisa leve. Creo que nos define bastante bien: hemos sido un pueblo que, a veces para lo bueno y a veces para lo malo, hemos preferido insinuar antes que imponer.
— El cartel de este año cuenta con nombres como Roberto Vilar, Rober Bodegas o Carolina Iglesias. ¿Sientes que el talento cómico gallego está viviendo una “edad de oro” o es que siempre estuvimos ahí y ahora simplemente tenemos mejores altavoces?
— La edad de oro del talento gallego es Valle-Inclán y Xosé Neira Vilas, y es Alvaro Cunqueiro y Julio Camba, y es Wenceslao Fernández Flórez y Emilia Pardo Bazán, y Moncho Borrajo, y Siro López y Touriñán. Galicia es una fábrica natural de humoristas. Lo que ha cambiado son los altavoces. Ahora hay más ventanas, más escenarios, más plataformas. Pero la materia prima es la misma: una mirada particular sobre el mundo.

— Tú fuiste pionero en aquel “Club de la Comedia” que cambió las reglas del juego en España. Hoy, el humor se consume en clips de 15 segundos en Instagram o TikTok. ¿Se está perdiendo el arte de construir un buen monólogo de 20 minutos o el formato corto es solo un nuevo tipo de “magia de cerca”?
— Es normal. Todo está cambiando. Desde siempre. Las cosas nunca dejaron de cambiar. Desde aquellos primeros anfibios que dijeron “vamos a salir a la tierra, nos adaptaremos”, hasta los humanos de ahora que dicen “vamos a ver si podemos vivir en Marte, nos adaptaremos ” Las cosas cambian y hay que adaptarse. Yo aprendí a hacer monólogos, lo de ahora aprenden a hacer tiktok. Un formato nuevo, pero con las mismas leyes: sorprender rápido y con precisión. El monólogo largo sigue existiendo y sigue siendo necesario. Son experiencias distintas. Un clip es un destello; un monólogo es un viaje.
— ¿Cómo ha cambiado el público desde aquellos primeros monólogos sobre las cajas de cerillas hasta hoy? ¿Somos más difíciles de sorprender ahora que tenemos todo el humor del mundo en el bolsillo?
— El público de ahora quiere ser parte del show. Antes el publico prefería sentarse y ver, ahora quiere participar. La risa sigue funcionando igual. Lo que ha cambiado es la velocidad de consumo, no la necesidad de reír.
— Alguna vez has dicho que el humor “no soluciona problemas, pero los hace soportables”. En tiempos de guerra, de un contexto global oscuro, deprimente, ¿el humor es un lujo, una falta de respeto, una necesidad fisiológica, un artículo de primera necesidad…?
— Afortunadamente es todo eso. Es un lujo, y una falta de respeto, y una necesidad. El humor no arregla el mundo, pero nos ayuda a soportarlo. Es una herramienta para respirar en medio del caos. Cuando todo va bien el humor es necesario, cuando todo va mal el humor es imprescindible.

— Como director artístico, ¿qué buscas en un cómico para que encaje en el espíritu del EMHU?
— Buscamos cómicos con voz propia. Gente que tenga algo que decir y una manera particular de decirlo. El EMHU no es solo un escaparate de chistes, es un punto de encuentro de miradas distintas sobre el humor. Un humor que hermane.
— Esta sexta edición presenta estrenos absolutos y actividades que van más allá de los teatros. Como director artístico, ¿qué espectáculo de este año te hace pensar: “Esto solo podía pasar en Coruña”?
— Sin duda: Ícaro, de Daniele Finzi Pasca. Si yo pudiera asistir solamente a un show del EMHU de este año, intentaría ir a ese. Es un show que resume todo lo que hemos contado arriba. De todos modos. La oferta es muy variada. Hay varios momentos así, pero nos gusta especialmente cuando el humor sale del teatro y se mezcla con la ciudad. Ahí es donde el EMHU cobra sentido: cuando el humor deja de ser un espectáculo y se convierte en una experiencia compartida. Eso, en A Coruña, tiene algo especial.


